jueves, 11 de junio de 2026

LA ÑIÑA Y SAN ANTONIO

 


Diz qu' una vez…

En Trabazos una ñiña foi cunu ganáu pal monte, a pasturiá lus tagayos cunus outros pastores. Cuando chegonon pu la noche la ñiña nun estaba, habíase perdíu.

Despuéis d'arresponsiala bien, fuonun todos a buscala pul monte y lus vallinos; nun había siñales de la criatura pur ningún llau, el paecía que la tragóu la tierra. Tuvienon qu' andá asgaya pu las cembas, p'arriba y p'abaxu sin pará. Despuéis de mueitu zancarruniar, atupónunla debaxu d'unas peñas nus sestiles de Cubiellas, onde habían rundiáu lus tagayos aquel día. Nestoncias el sou padre sin deixar de beisala, cuyíula a la requicha i marchonon xuntos pa casa, la cuitadica estaba atestayada y engabañida de fríu.

Ya todos xuntos na casa, cuntóuyes qu'un home cun bufas brancas y una caxota ye daba de cumé, que acuchándula ye cuntaba loyas y nun deixaba que lus llobos chegaran onde estaban ellos. Naide sabía quién yera aquel home que decía, nestoncias falonun cunu mayestru y él enseñóuye unos llibros onde había santos, pa ve se dalgunu yera cumu'l sou protector, pero ella nun dixu nada.

Cuando chegóu el dumingu fuonun todos a misa, namás entrá na igresia la ñiña empezóu a berrá: ¡mirade, mirade yía él, yía él! aciñandu pa San Antonio.

 Emiliano Carrera Cañal & Asociación Cultural Vurvuletas

Dicen que había una vez…

En Trabazos una niña fue con el ganado para el monte, a pastorear los rebaños junto con los otros pastores. Cuando llegaron por la noche la niña no estaba, se había perdido.

Después de responsarla bien, fueron todos a buscarla por el monte y los valles; no había señales de la criatura por ningún lado, como si la hubiese tragado la tierra. Tuvieron que andar mucho por las pendientes, para arriba y para abajo sin parar. Después de mucho caminar, la encontraron debajo de unas peñas en los sestiles de Cubiellas, donde habían sesteado los rebaños aquel día. Entonces su padre sin dejar de besarla, la cogió en hombros y marcharon juntos para casa, la pobrecita estaba asustada y aterida de frío.

Ya todos juntos en casa, les contó que un hombre con barbas blancas y un cayado le daba de comer, que abrazándola le contaba historias y no dejaba que los lobos llegaran donde estaban ellos. Nadie sabía quién era aquel hombre que decía, entonces hablaron con el maestro y él le enseñó unos libros donde había santos, para ver si alguno era como su protector, pero ella no dijo nada.

Cuando llegó el domingo fueron todos a misa, nada más entrar en la iglesia la niña comenzó a gritar: ¡mirad, mirad es él, es él! Señalando a San Antonio.

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