Diz qu' una vez…
En Trabazos había mueitus moros y la xente andaba atestayada de lu que
facían. Yeran grandones, tenían unas guedeyas muy bárbaras y unas valientes
bufas. Nestoncias, decidienon rezá y rogaye a Santiago, el sou patrón,
que lus llibrara d'ellos. Asina foi cumu él cunu sou poder, fezo que cuyenan
miedu y fuxienan de Trabazos pa Castrofunoyo.
Cumu escaponon apriesa, nun pudienon cuyé lus tesoros que tenían escundíus.
Asina las cousas, xuntonon el cunceyo y acurdonon dir lus homes a buscalos,
decían que yeran ricos y tenían mueitu oro. Primeiru fuonun al Abranéu, cuntaban
qu' eillí había una cruz dioro envuelta nuna piel de toro. Eillí cavonon unus
valientes buracos, pero namás atuponon unas cagayas rubias y una
pouca de cernada nuna canalexa.
Despuéis fuonun pal Piñéu lus Moros, que al parecé eillí yera onde habían
vivíu. Aquellas cembas yeran un pedracal, nun había quien andara
pur ellas, solo lus más ñuevos podían encarriscarse pur eillí. Había un buraco grandón, onde se ouyía una trapulina cumu se on estaran eillí cunus sous
caballos. Fuonun escarbando arranáus cumu pudienon, allumando cun fachizus y
llumbreirus, pero nun chegonon a ve namás qu'unus falifus todus engodriáus y
unas burrayadas de cagayones. Nestoncias empezonon a sentí cumu se una imaxen
lus gulpiara nu fucinu, así que, cagáus de miedu, escaponon
d’eillí a toda priesa.
¡Y aquella trapulina que nun paraba! […]
Emiliano Carrera Cañal & Asociación Cultural Vurvuletas
Dicen que había una vez…
En Trabazos muchos moros y la gente andaba asustada de lo que hacían. Eran grandes, tenían unas grandes melenas y unas largas barbas. Entonces , decidieron rezar y rogarle a Santiago, su patrón, que los librase de ellos. Así fue como él con su poder, hizo que cogieran miedo y se fueran de Trabazos para Castrofunoyo.
Como escaparon deprisa, no pudieron coger los tesoros que tenían escondidos. Así las cosas, juntaron el concejo y acordaron ir los hombres a buscarlos, decían que eran ricos y tenían mucho oro. Primero fueron al Abranéu, contaban que allí había una cruz de oro envuelta en una piel de toro. Allí cavaron unos agujeros grandes, pero nada más encontraron unas bolitas rubias y una poca de ceniza en una canaleta.
Después fueron al Piñéu los Moros, que al parecer allí era donde habían vivido. Aquellas laderas eran un pedregal, no había quien anduviera por ellas, solo los más jóvenes podían subir por allí. Había un agujero grande, donde se oía una algarabía como si aún estuvieran allí con sus caballos. Fueron escarbando agachados como pudieron, alumbrándose con haces de paja y ramas secas, pero no llegaron a ver nada más que unos trapos todos sucios y unos montones de cagajones. Entonces empezaron a sentir como si una imagen les golpeara en el morro, así que cagados de miedo, escaparon de allí a toda prisa.
¡Y aquella algarabía que no paraba! […]
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