viernes, 11 de enero de 2013

Usos y costumbres



Las limitaciones hacen que los recursos florezcan para afrontar las dificultades, situaciones complejas, dolorosas y a veces de difícil comprensión.
En el afán de cuidar y proteger, se enmarcan las costumbres en el cuidado de los más pequeños. Al recién nacido, después de lavarlo y limpiarlo (según la época y la temperatura) se le ataba el cordón umbilical con un hilo de lana o lino, aplicándole en ocasiones una tela de grasa (sebo) de algún cordero lo más pequeño posible. Hay distintas versiones sobre estas costumbres, algo que supongo lógico según como fueran las cosas, pues en alguna ocasión delicada llegaban a frotar al bebé con lucerina o petróleo, con lo que la situación más bien empeoraba, confiando en que seya lo que Dios quiera.
Luego venía el enfachar, embrullar o enfajar para evitar posibles deformaciones o vicios en extremidades y columna, siendo también más fácil el poder transportarlos a los distintos sitios. Se le ponía una camiseta o blusa, luego un paño o sabanilla y si hacía más frío una mantita, sobre todo esto se enfachaba al niño con un ouriello o tira larga y estrecha de lana o lino tejido a mano; bien apretado, se empezaba por los pies hasta llegar a los hombros, con los brazos bien estirados durante más o menos una semana, luego se le dejaban libres enfajándolo hasta los sobacos o axilas durante medio o un año, según que fuera verano o invierno. Los pies también se le tapaban más o menos según el frío que hiciera.
Cada vez que se manchaba tenían que deshacer, cambiando los paños de lino que alguna vez pasaban por la lumbre, unas para que secaran y otras para purificarlos , volviendo a hacer de nuevo todo el proceso. Esto no evitaba que alguna vez aparecieran las dixovas o escoceduras, tratadas con polvos de talco; si bien hace más años, parece que alguien también pudo usar  productos más naturales como el caronxo o polvo de la madera.
Es una práctica que no se remonta a muchos años atrás (o si), pues a mi generación también ños enfachonon, siendo probablemente de los últimos.
Había ocasiones que surgían problemas de salud como la tericia o ictericia, en cuyo caso, como nos cuenta doña Concha Casado en su libro: "El nacer y el morir en tierras leonesas", una costumbre practicada alguna vez era llevar al niño a una corriente de agua, poniéndole una ramita de marrubio en la faja y pronunciando un ensalmo que dice así:
"A verte marrubio, vengo,
entre la luna y el sol,
que me quites la tericia
y me vuelvas la color".

En algún pueblo cercano, parece que esta planta también era empleada contra el mal de ojo, frotando a la persona afectada de abajo arriba sin pronunciar ensalmo alguno; incluso como protección de las cosechas, supongo que sin nada que frotar, en fin.

Un saludo (sin enfachar) para tod@s.

Emiliano